Yo soy uno de esos zombis…

¿Habéis oído hablar de las típicas películas de zombis? ¿Y esas series tan de moda en los últimos años? ¿Esas en que los humanos sobreviven, a costa de hacer rodar cabezas de zombis? Pues bien, yo soy uno de esos zombis.
De esos zombis reinventados, que miran fijamente a los humanos a los ojos, que piensan, crean estrategias y maúllan en la oscuridad para crear tensión. De esos suicidas, que cuando se aburren se meten dentro de las zonas seguras y avasallan todo lo que hay en el interior. De esos que mueven hordas, crean batallas y  planifican en su cabeza e imaginación millones de formas más para que el próximo cuerpo a cuerpo sea mejor.Es lo que hace un zombi, luchar para conseguir nuevos objetivos, mejorar sus métodos de caza y ataque e ir todos a una para conseguir la mejor masacre.

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Hoy, después de ver como mis batallas se iban disipando entre manos ajenas, fui tiroteada en el frío silencio de quienes observaban. Callados. Mudos. Mirando hacia otro lugar para no ser el próximo en caer. Ignorando el hecho de que la horda va cayendo poco a poco, mientras tengan el poder.

Hoy, después de ver como mis batallas se van disipando entre manos ajenas, descubrí que no todos los zombis somos iguales, algunos están disfrazados de humanos y según convengan pasan de un lugar a otro.

Hoy descubrí que  mis batallas, llenas de sangre y vísceras humanas, de estas que al despertar han cambiado de bando, no ha servido para nada.

Hoy tengo las tripas en el suelo, la carne desquebrajada y en la mano una garrafa de gasolina.

El tiro en la cabeza ha sido certero. La gasolina que prenden mis ropas, esas que no eran más que harapos innecesarios, también.

P.

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Yo soy uno de esos zombis…

Tan sólo es oxígeno…

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El pequeño cantor se oxida,

su mente poco a poco está más allá que acá.

Los fantasmas del pasado lo arropan,

el pequeño cantor no quiere caminar.

Está cansado de la vida, está cansado de ver como caen los demás.

La mente del pequeño cantor parpadea, recuerda entre vaivenes quien viene y quien va.

Y en cada viaje me mira y me olvida, no recuerda la última vez que me vio llamar.

Y entre sus olvidos pregunta cada día por su niña, aquella que se alejó del mar,

y se pregunta porqué no escucha sus historias, porque ya no le cuenta cantares de Graná.

 

Oxígeno que degrada, rompe y oxida,… de a poco, sin prisa pero sin pausa, sin hacerlo sufrir de más.

P.

Tan sólo es oxígeno…

Madre de Dragón

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Duerme mi vida, duerme.

Duerme y deja el mundo andar.

Duerme que te duerme días y noches.

Duerme y deja de hacer intentos de despertar.

Duerme fulminado por los “coides”

Duerme, que no hace falta levantar.

Duerme otro 19 de mayo

Duerme acompañado de otros tantos hermanos que también deben dormitar.

Duerme, pequeño dragón inquieto.

Duerme y deja el mundo girar.

Duerme, que aún queda vida inquieta.

Duerme, pequeño dragón, duerme.

Duerme y deja mi vida pasar.

P.

PD: Por mí, por todos mis compañeros y por mí primero 😛

Madre de Dragón

Cuenta la leyenda…

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Hay personas que no se olvidan, ni se olvidarán, aún sin haberlas conocido. Sus historias están en los versos de sus hijos, de sus hermanos, puede que idealizados, quizás sobrevalorados,… en el recuerdo tortuoso de aquel que los vio partir pronto.

Cuenta su leyenda que era joven, inquieto, trabajador y con los ojos verdes más bonito de todo el Guadahorce. Cuentan que sin llegar a la veintena un fusil se lo llevó por sus ideales, como a tantos jóvenes que pensaban que podrían cambiar el mundo. La crueldad de sus semejantes en una absurda guerra se los llevó. Se llamaba Pedro y a día de hoy rondaría los cien años.

Hoy su nombre forma parte, junto al de su padre Joaquín, de una pirámide en un cementerio dejado y medio abandonado de Málaga.

Es una historia velada, tan velada como los ojos verdáceos de quien la cuenta. Su hermano. Su héroe. Una historia velada, como tantas otras que le tocó vivir a un niño de 6 añitos en una guerra. Una historia que hace ensombrecer la mirada verdácea del que la cuenta. Una historia que sobrecoge a quien la escucha. Una historia de un niño con 90 años, donde solo se habla de la persona que echa de menos, no de males, ni la época en la que le tocó vivir. Una historia sin rencores, luchas y guerra. Solo lo bonito de las personas.

Ay Rafalito, Rafalito, qué haremos cuando nos falten tus historias…

P.

Cuenta la leyenda…

Dos años…

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sodahead.com

Dos años sin ti. Sin tus piques, sin tus palabras, sin tus sobreentendidos.

Siento tanto que hayas tenido que enterarte así, en calma, después de la tempestad, pensando que tu también me abandonarías para no sufrir, pensando que ya no formarías parte de mi.

Siento tanto haber dudado de ti, de tu fidelidad, de tus gestos, de tu amor.

Y por muchos años que pasen, que ya son muchos desde que tu y yo hicimos migas, sé que siempre estarás de una forma u otra. Sé que te tengo ahí para recordarme a esa adolescente cabezota, risueña e insistente. Esa que tanto te gustaba a ti, esa que me hace parte de ti.

Dos años… y cómo te echaba de menos, como me alegras el corazón amor.

P.

Dos años…